odio las palomas +
Odio las palomas, nunca me han gustado, pero hoy su aspecto es más desagradable que de costumbre, en esta pequeña plaza, sentado al borde de una fuente de agua esculpida con las cagadas de las palomas; la plaza esta llena de ancianos y palomas, me da la sensación de haber estado acá antes, o lo vi en la tele o no se que, pero todo me parece familiar, cuando de verdad me es tan extraño, tan lejano como un sueño, mientras el agua, las palomas y los ancianos forman un movimiento arrítmico en el cual la única quietud la aporto yo, sentado en el borde de la fuente fumando un Fortuna.
Recuerdo la primera vez que fumé Fortuna, meses atrás en Santiago, mientras veía cientos de miles de fotos de Europa en la casa de una amiga que no paraba de hablar, relatando aventuras de las que solo ella se sorprendía y a las cuales yo solo asentía en la cabeza tratando de prolongar mi estadía y poder fumarme los cigarrillos que había traído de su viaje: muchas cajetillas de Fortuna. Las incansables palabras y el tono agudo de la tía no hacían más que viciar el aire y crear una atmósfera espesa, donde disfrutaba el secreto placer de fumar los mismos cigarrillos que fumaba ese sueño hecho carne que me hablaba día a día a la distancia, como tratando de sentir el sabor de su boca, de imaginar el sabor de sus besos, imaginar su mirada absorta siguiendo el humo danzante que desprenden. Camino a casa cerraba los ojos y solo veía un silencio, y sobre ese silencio aparecían los labios de mi madrileña-barcelonesa exhalando el humo, en una visión, como de Fátima, que nunca pensé que presenciaría en vivo.
Aún me queda una hora antes de coger el metro para irme al aeropuerto, pero entre tanta paloma y anciano, en condiciones normales dudo que aguantaría más de dos minutos, pero dada mi situación no tengo donde más ir. Otra opción es llegar antes al aeropuerto, pero las esperas solitarias en un aeropuerto son casi tan triste como las esperas eternas en una plaza llena de palomas en pleno Madrid.







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